Omnia vanitas

Ayer tuve que explicar a alguien qué entendía por vanidad. La definición clásica del término le da connotaciones negativas al mismo: “1. Cualidad de vano. 2. Arrogancia, presunción, envanecimiento. 3. Caducidad de las cosas de este mundo” (RAE). Es decir, se refiere a todos aquellos placeres materiales, desprovistos de un sentido más espiritual y no duraderos.

Se presentaba al vanidoso como alguien carente de virtud, demasiado aferrado a las cosas mundanas, no sólo riquezas y adornos, sino también logros como la ciencia, la literatura y las artes. Es decir, todo lo que provenía del hombre y lo ataba a esta realidad. Los pintores encontraron en la vanitas un tema muy adecuado para hablar del paso del tiempo y la decadencia, utilizando el simbolismo de los bodegones: entre libros y tratados, armas, joyas y espejos siempre aparece un cráneo para señalar lo inevitable.

Sin embargo, el deseo de adornarse y de presentar un aspecto estético y agradable es propio del ser humano y común en muchas culturas, aunque el canon varíe de una a otra. Es innegable que la belleza es subjetiva, pero no podemos permanecer ajenos a la fascinación que nos produce. Existe incluso una rama de la filosofía dedicada a ella, la estética.

Para mí tener una cierta vanidad es importante. El deseo de capturar la belleza está con nosotros desde que nuestros antepasados pintaban en el interior de las cavernas y llevaban al cuello collares con dientes de animales pulidos. ¿Por qué no hacer de la coquetería una cualidad positiva que nos alegra el día a día?

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