Las ciudades invisibles

“El Gran Khan posee un atlas donde todas las ciudades del imperio y de los reinos circunvecinos están dibujadas palacio por palacio y calle por calle, con los muros, los ríos, los puentes, los puertos, las escolleras. Sabe que de los informes de Marco Polo es inútil esperar noticias de aquellos lugares que por lo demás conoce bien: cómo en Cambaluc, capital de la China, hay tres ciudades cuadradas, una dentro de la otra, con cuatro templos cada una y cuatro puertas que se abren según las estaciones; cómo en la isla de Java, cuando se enfurece el rinoceronte, hace estragos cargando con su cuerno asesino; cómo se pescan las perlas en el fondo del mar, en las costas de Malabar”.

I. Calvino, Las ciudades invisibles

Si es cierto eso de que el cerebro sólo sabe crear a partir de patrones que ha aprendido previamente, y que ninguna cara que vemos en sueños es original, sino el recuerdo de un desconocido con el que compartimos un viaje en metro o con el que nos cruzamos cuando el semáforo de peatones se puso en verde, a la fuerza tiene que pasar lo mismo con las ciudades oníricas.

Hay personas que contienen mundos enteros tras sus párpados. Otros imaginan a plena luz del día, como debió de sucederle a Italo Calvino mientras escribía sobre la melancolía del vencedor y amo de buena parte del mundo, el Khan.

¿Por qué los mortales comunes imaginamos  y soñamos ciudades en las que nunca podremos poner nuestros pies? ¿Es porque estamos diseñados para aspirar a lo imposible?

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¡Al agua!

El escritor Anatol France afirmaba que “hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”. Este dicho me recuerda un poco a otro célebre autor, Saint-Exùpéry, que utilizaba al zorro en El Principito como metáfora de un amigo, y que denomina al proceso de hacerse único para otro como domesticación.

Una mascota puede ser un amigo que siempre esté ahí sin palabras, incluso en los momentos más difíciles, capaz de dar cariño de manera incondicional y de dejar un gran vacío cuando falta. Nosotros, los animales racionales, creemos ser dueños del proceso de domesticación, pero nos equivocamos. Son ellos quienes en realidad nos domestican a nosotros.

Este simpático pato busca dueña para decorar un abrigo y convertirse en una fiel mascota de bisutería.

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