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El Museo de la Inocencia

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“Fue el momento más feliz de mi vida y no lo sabía”.

O. Pamuk, El Museo de la Inocencia

Con estas palabras arranca la novela del premio Nobel turco Orhan Pamuk sobre la historia de amor y desamor, de encuentros y desencuentros, entre Kemal y Füsun, dos seres provenientes de mundos opuestos que terminan ligados por la obsesión erótica y el significado de los objetos. Kemal es un hombre joven con un prometedor futuro por delante en la empresa de su padre y junto a su prometida de buena familia, que tira por la borda estas expectativas al conocer a una pariente de la rama pobre de la familia, Füsun.

Lo que en un principio parece reducirse a una aventura antes del matrimonio acaba convirtiéndose en la piedra angular que da sentido a la existencia de Kemal. Pero no es el triunfo lo que caracteriza a esta historia, sino el anhelo ofuscado del protagonista, que se dilata durante años a la espera de una señal de correspondencia de Füsun, la melancolía, la nostalgia. Y la única manera que tiene de calmar un poco este dolor espiritual, descubre Kemal, es coleccionar todo tipo de objetos relacionados con su amada, hasta el punto de ocupar un piso con sus recopilaciones y hurtos, y acabar creando el llamado Museo de la Inocencia para contar sus tristes memorias.

Orhan Pamuk, en un juego metaliterario, compró una casa en la calle donde se sitúa el hogar de Füsun en la narración, en la ciudad de Estambul, y la fue llenando de pequeñas cosas relacionadas con la novela: vestidos, pendientes, colillas, fotografías antiguas, la cama donde, según el libro, Kemal y Füsun tienen sus primeros encuentros sexuales… de esta manera, la narración salta a la realidad, y se encarna en todos aquellos objetos que cuentan por sí solos su historia, sin necesidad de haber leído el libro.

El primer capítulo se centra ya en un pendiente perdido entre las sábanas mientras Kemal y Füsun hacen el amor. Más tarde, y de una manera irracional, el protagonista decide quedarse ese pendiente (el símbolo del momento más feliz de su vida), sin saber que será el primer paso de un coleccionismo obsesivo y devoto que acabará determinando toda su existencia.

Pero Pamuk nos cuenta que en realidad hay múltiples museos sentimentales repartidos por el mundo, desconocidos, llenos de objetos cotidianos que nos resultan más humanos por lo que pretenden transmitir que por lo que en realidad son.

“Pero en los días en que sentimos que nuestra vida, como si fuera una novela, ha adquirido por fin su forma definitiva, podemos percibir y seleccionar, como hago yo ahora, cuál ha sido nuestro momento más feliz. Explicar por qué escogemos ese momento concreto de entre todos los que hemos vivido requiere que narremos de nuevo nuestra historia como una novela, por supuesto. Pero también sabemos que en cuanto señalemos el momento más feliz hará mucho que éste habrá quedado en el pasado, que no volverá nunca más y que, precisamente por eso, nos producirá dolor. Y lo único que puede hacernos soportable dicho dolor es poseer algún objeto perteneciente a ese instante dorado. Los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha el placer de su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales”.

 

Ya comenté en otra entrada el amor de Pablo Neruda por los objetos. También este poeta tiene su propio museo sentimental en Isla Negra, Chile. Se trata de una casa construida al lado del mar, donde vivió con su mujer, Matilde Urrutia, y que está llena de conchas marinas, mascarones de proa, mapas y botellas.

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Con un pendiente perdido empezaba la novela de Pamuk, y con unos pendientes quiero iniciar esta nueva colección de bisutería basada en los pendiente vintage. Conozco un pequeño rastro donde una mujer gitana vende botones de cristal con sus años de antigüedad, revueltos sobre el mostrador. La tarea de rebuscar hasta encontrar la pareja se vuelve una aventura, porque los botones son piezas escurridizas y tienden a mezclarse entre sí; los de caballero terminan al lado de unos lacados de mujer, y los dorados con los de nácar, por lo que hace falta pericia para dar con dos iguales.

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Pienso en esa mujer del rastro, que vende los botones a un precio irrisorio en el museo sentimental particular que es su puesto, y me imagino el tipo de chaquetas y camisas que éstos habrán decorado, en qué circunstancias, y para qué personas. Porque al final los objetos tienen el valor que uno les da, y viven la historia de aquel que los posee, hasta el punto de seguir contándola aunque su dueño haya desaparecido ya. Esos objetos que parecen decirnos, como Kemal lo hace en un diálogo entre él y Orhan Pamuk imaginado al final de El Museo de la Inocencia, como frase final: “—Que todo el mundo sepa que he tenido una vida muy feliz”.

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El Museo de la Inocencia: http://www.masumiyetmuzesi.org/?Language=ENG

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