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El azul no es un color triste

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En el momento en que nos enseñan a distinguir y poner nombre a los colores, nos enseñan también a atribuirles unas características o emociones que quedan ligados a ellos para siempre. Aparte de servir para lograr una cierta iluminación o profundidad en un cuadro, y para intentar captar la gama cromática de la realidad, los colores son considerados vehículos para ideas abstractas; de ahí su uso en publicidad.

Siempre he oído que el azul es el color de la tristeza, pero desde mi punto de vista no es así. No en vano, en el idioma inglés utilizan las expresiones “to feel blue” y “to have the blues” para indicar melancolía. De ahí deriva el nombre de todo un género musical, el blues, conocido por sus melodías y letras tristes.

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Aún así, cada cual interpreta las cosas a su manera, y debo confesar que para mí el color que mejor describe el estado de tristeza es el gris. Después de haber visto el cuadro de Miró Ceci est la couleur de mes rêves, para mí el azul es exactamente eso: el color de la imaginación. Es cierto que veo los tonos claros más infantiles, y los oscuros más misteriosos y enigmáticos, pero siempre pienso que las ensoñaciones deberían estar representadas por este color.

Espero que la colección “Blues” os inspire tanto a vosotros como me lo hace a mí.

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El espectro de la rosa

“Levanta el párpado cerrado
que acaricia un sueño virginal;
yo soy el espectro de una rosa
que llevabas ayer en el baile.

Me tomaste aún perlada
de los llantos de plata de la regadera,
y entre la fiesta estrellada
me paseaste toda la noche.

Oh tú, que de mi muerte fuiste causa,
sin que puedas ahuyentarlo,
todas las noches mi espectro rosa
a tu cabecera vendrá a bailar.

Pero no temas nada, yo no reclamo
ni misa ni De Profundis;
este ligero perfume es mi alma,
y vengo del Paraíso.

Mi destino fue digno de envidia,
y por tener una suerte tan hermosa
más de uno habría dado su vida,
pues en tu seno tengo mi tumba.

Y sobre el alabastro donde reposo
un poeta con un beso
escribió: aquí yace una rosa
que todos los reyes envidiarán”.

T.Gautier, Después del baile

L’espectre de la rose, basado en el poema, compuesto por Berlioz e interpretado por Janet Baker:

http://www.youtube.com/watch?v=kJzvqX_phcE

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Otranto y otros misterios

“Vi (con los ojos cerrados, pero con la aguda visión mental), vi al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado. Vi al horrendo fantasma de un hombre tendido; y luego, por obra de algún ingenio poderoso, lo vi manifestar signos de vida y agitarse con movimiento torpe y semivital”.

M. Shelley, Introducción de Frankenstein, o el moderno Prometeo


Hubo una época, a caballo entre antiguas supersticiones y leyendas del folclore, y los avances de la ciencia, en que floreció un particular género literario que hablaba de abadías en ruinas, almas en pena, mesmerismo, fuegos fatuos, criaturas salidas de un laboratorio, vampiros y heroínas virginales que se las tenían que ver con mil y una calamidades antes de terminar sus aventuras victoriosas. Era la novela gótica.

La edad dorada de este subgénero comenzó en el siglo XVIII con El castillo de Otranto, de Horace Walpole, y se extendió hasta el XIX. Está muy ligada al movimiento del Romanticismo, sólo que incide más en lo macabro y lo terrorífico. Algunas veces ambos géneros se mezclan; así, Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, es considerada una novela romántica con fuertes elementos del gótico.

Los autores más notables fueron Ann Radcliffe, Jan Potocki y Charles Maturin. Más tarde, el género evolucionó y dio paso al de terror, volviéndose más proclive a explorar ambientaciones y estados psicológicos, con escritores como Bram Stoker, Sheridan Le Fanu o Edgar Allan Poe.

Actualmente, son muchos los autores que han recurrido a elementos del género gótico, con la vuelta de tuerca que supone la vida moderna, como Anne Rice con sus Crónicas vampíricas. Por mi parte, sólo puedo presentar esta colección de piezas como humilde homenaje a uno de los movimientos literarios más influyentes de la historia.

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¡Al agua!

El escritor Anatol France afirmaba que “hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”. Este dicho me recuerda un poco a otro célebre autor, Saint-Exùpéry, que utilizaba al zorro en El Principito como metáfora de un amigo, y que denomina al proceso de hacerse único para otro como domesticación.

Una mascota puede ser un amigo que siempre esté ahí sin palabras, incluso en los momentos más difíciles, capaz de dar cariño de manera incondicional y de dejar un gran vacío cuando falta. Nosotros, los animales racionales, creemos ser dueños del proceso de domesticación, pero nos equivocamos. Son ellos quienes en realidad nos domestican a nosotros.

Este simpático pato busca dueña para decorar un abrigo y convertirse en una fiel mascota de bisutería.

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Hic svnt dracones

“A partir de aquí, monstruos”. Con esta expresión latina denominaban los antiguos toda aquella porción terrestre o marina desconocida y no cartografiada, que quedaba lejos del mundo cotidiano, palpable y regido por un orden. Para sus mentes, todo terreno ignoto debía de ser un lugar inhóspito, caótico, monstruoso.

Para el colectivo occidental, la figura del dragón y la serpiente, que están emparentadas, tienen un simbolismo ambiguo. Los sumerios explicaron a través del mito de Gilgamesh que la serpiente  aprovechó el despiste del héroe para devorar la planta de la inmortalidad que había obtenido del fondo del mar, lo que frustró sus planes y concedió al reptil el poder de regenerarse mudando de piel. Para el pueblo judío, era sin lugar a dudas el símbolo del engaño, al conseguir que Adán y Eva comieran del fruto prohibido y fuesen expulsados del Edén.

Una serpiente custodiaba el árbol del Jardín de las Hespérides de la mitología griega, que producía doradas manzanas que otorgaban la vida eterna, lo que parece una idea muy común en culturas diferentes. Otra, Nidhogg, roía las raíces del fresno Yggdrassil en la nórdica. El caduceo de Esculapio y el moderno símbolo de la medicina contienen ofidios.

Las serpientes y los dragones, por tanto, siempre han estado ligados a todo lo que es oscuro, subterráneo, oculto. Son los guardianes del conocimiento, contra los que tiene que luchar el héroe de distintos mitos para hacerse con éste, y el símbolo de la inmortalidad, el cambio y todo lo que es cíclico. Pueden envenenar o reducir algo a cenizas, pero también son capaces de proporcionar la cura y ofrecer sabiduría.

Teniendo en cuenta que “sólo se tiene miedo de lo que no se comprende”, como decía el escritor ruso Turguenev, no es de extrañar que los primeros geógrafos ocuparan el vacío de sus mapas con criaturas legendarias a las que tomaban por superiores al hombre, habitantes de mundos sumidos en las tinieblas y la impiedad.

Dado que soy una gran admiradora de la figura del dragón, he realizado este broche y colgante para hacer su figura, aunque majestuosa como siempre, más cercana. No todos los monstruos son malvados. Y más de uno custodia un tesoro como estos abalorios.

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