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Un sueño otomano

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“Es una sensación tan agradable introducirme con mi plenitud, mi fuerza y mi vitalidad en el blanco y negro de una hermosa ilustración, que cuando el pincel de pelo de gato me extiende sobre el papel siento un cosquilleo de alegría. Y así, al darle color, es como si le ordenara al mundo «existe» y el mundo toma mi color de sangre. El que no ve puede negarlo, pero estoy en todas partes”.

O. Pamuk, Me llamo Rojo

Me encuentro muy lejos del Mediterráneo, en un país del norte en el que todo son brumas, lagos con cisnes y ruinas de castillos, donde no es muy difícil dar con una estampa que parece sacada de una ilustración de Alan Lee. Estoy a mucha distancia de las casas de color ocre, los atardeceres sanguinos y los tonos cálidos, hijos de un color primario: el rojo.

Con el trastorno de la mudanza, no he tenido mucho tiempo de actualizar el blog, ni de ir a un mercado de pulgas en busca de piezas de porcelana inglesa, pero antes de coger el avión pude realizar algunas piezas, como esta colección que saqué de un azulejo, recuerdo de un viaje a Turquía.

El azulejo era una escena cortesana del Imperio Otomano, pintada a imitación de las miniaturas otomanas y persas que tanto renombre alcanzaron, y a las que dio voz Orhan Pamuk en su libro Me llamo Rojo. Aunque el argumento principal de la novela es la historia del misterioso asesinato de un miniaturista, que los protagonistas tendrán que resolver recurriendo a sus conocimientos sobre estilo y dibujo, hay capítulos (mis favoritos) en los que los personajes retratados toman voz y cuentan su historia. De hecho, hay uno, el que da nombre a la novela, en el que el color Rojo habla de su simbolismo.

El rojo es un color que va apareciendo a lo largo de la narración, en pequeños detalles: la sangre de los crímenes, el tintero mongol o el chaleco con el que se cubre Seküre, el principal personaje femenino. Podría decirse que Pamuk realizó la novela a imitación precisamente de una miniatura; los lectores pueden observar el conjunto desde una cierta distancia, como ocurre con este tipo de dibujos. Esta perspectiva se consideraba la perfecta, dado que así era como Dios veía el mundo, desde lo alto.

Pero al mismo tiempo, cada personaje reclama su propia voz y cuenta la historia desde su punto de vista, al igual que ocurre con los retratos en la cultura occidental. Esta tensión entre la idealización de la pintura persa y su visión general del mundo, y las nuevas modas venidas de Europa (Venecia), donde prima el individualismo de cada retratado, también aparecen como una constante en la historia, y son la principal fuente de conflicto entre todos los protagonistas.

En el libro, al igual que ocurre con el azulejo, también aparecen distintos colores y significados, pero, de una manera u otra, el rojo siempre se cuela por alguna parte, como un mensaje secreto.

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Quería aprovechar también la ocasión para agradecer las más de 20.000 visitas que lleva el blog desde sus inicios. No puedo hacerlo de mejor manera que con otra pieza, claro, y con todo lo que supone el color rojo.

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Trazos

El 2015 ya hace mucho que arrancó, lleno de propósitos de enmienda y nuevas metas. Es curioso constatar que, por mucho que el año nuevo sea una fecha puramente simbólica, le otorgamos un carácter novedoso, una y otra vez, como un eterno retorno. Doce meses que se renuevan como una espiral, creyendo que avanzamos, siendo conscientes a medias de la repetición de las cosas.

La espiral es un motivo artístico tan antiguo como el hombre. Muchos pueblos diferentes (entre ellos, el celta y el fenicio) lo han utilizado como signo decorativo, en túmulos y objetos de la vida cotidiana. En Malta, por ejemplo, vi espirales en los templos de Tarxien, datadas del 3.600-2.500 A.C.

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Sin embargo, la espiral no es un trazo inventado por el hombre, ya que existe en la misma naturaleza, como se puede ver en los fósiles de amonites, la concha del Nautilus, la forma de algunas galaxias, los pliegues de las huellas dactilares o el movimiento de los ciclones.

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La espiral es un símbolo solar, y el triskel celta (un signo geométrico con forma de hélice, cuyos tres brazos son precisamente espirales) representa la eterna evolución a través del conocimiento, así como la armonía entre mente, alma y cuerpo.

Los maoríes, por su parte, tienen el koru, que también está relacionado con el crecimiento personal.

Curiosamente, es en Malta, ese pequeño archipiélago mediterráneo lleno de historia, donde primero aparece representado el triskelion: el más antiguo encontrado hasta la fecha data del 4.400-3.600 A.C.

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Y así, en 2015, me encuentro volviendo a la cerámica, gracias a un plato que nos regalaron, cubierto de estos motivos, y de otros trazos cuyo significado no puedo desentrañar. Tal vez, más allá de los simbolismos colectivos, cada trazo signifique algo tan personal que sólo uno mismo conozca su significado.

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El Museo de la Inocencia

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“Fue el momento más feliz de mi vida y no lo sabía”.

O. Pamuk, El Museo de la Inocencia

Con estas palabras arranca la novela del premio Nobel turco Orhan Pamuk sobre la historia de amor y desamor, de encuentros y desencuentros, entre Kemal y Füsun, dos seres provenientes de mundos opuestos que terminan ligados por la obsesión erótica y el significado de los objetos. Kemal es un hombre joven con un prometedor futuro por delante en la empresa de su padre y junto a su prometida de buena familia, que tira por la borda estas expectativas al conocer a una pariente de la rama pobre de la familia, Füsun.

Lo que en un principio parece reducirse a una aventura antes del matrimonio acaba convirtiéndose en la piedra angular que da sentido a la existencia de Kemal. Pero no es el triunfo lo que caracteriza a esta historia, sino el anhelo ofuscado del protagonista, que se dilata durante años a la espera de una señal de correspondencia de Füsun, la melancolía, la nostalgia. Y la única manera que tiene de calmar un poco este dolor espiritual, descubre Kemal, es coleccionar todo tipo de objetos relacionados con su amada, hasta el punto de ocupar un piso con sus recopilaciones y hurtos, y acabar creando el llamado Museo de la Inocencia para contar sus tristes memorias.

Orhan Pamuk, en un juego metaliterario, compró una casa en la calle donde se sitúa el hogar de Füsun en la narración, en la ciudad de Estambul, y la fue llenando de pequeñas cosas relacionadas con la novela: vestidos, pendientes, colillas, fotografías antiguas, la cama donde, según el libro, Kemal y Füsun tienen sus primeros encuentros sexuales… de esta manera, la narración salta a la realidad, y se encarna en todos aquellos objetos que cuentan por sí solos su historia, sin necesidad de haber leído el libro.

El primer capítulo se centra ya en un pendiente perdido entre las sábanas mientras Kemal y Füsun hacen el amor. Más tarde, y de una manera irracional, el protagonista decide quedarse ese pendiente (el símbolo del momento más feliz de su vida), sin saber que será el primer paso de un coleccionismo obsesivo y devoto que acabará determinando toda su existencia.

Pero Pamuk nos cuenta que en realidad hay múltiples museos sentimentales repartidos por el mundo, desconocidos, llenos de objetos cotidianos que nos resultan más humanos por lo que pretenden transmitir que por lo que en realidad son.

“Pero en los días en que sentimos que nuestra vida, como si fuera una novela, ha adquirido por fin su forma definitiva, podemos percibir y seleccionar, como hago yo ahora, cuál ha sido nuestro momento más feliz. Explicar por qué escogemos ese momento concreto de entre todos los que hemos vivido requiere que narremos de nuevo nuestra historia como una novela, por supuesto. Pero también sabemos que en cuanto señalemos el momento más feliz hará mucho que éste habrá quedado en el pasado, que no volverá nunca más y que, precisamente por eso, nos producirá dolor. Y lo único que puede hacernos soportable dicho dolor es poseer algún objeto perteneciente a ese instante dorado. Los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha el placer de su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales”.

 

Ya comenté en otra entrada el amor de Pablo Neruda por los objetos. También este poeta tiene su propio museo sentimental en Isla Negra, Chile. Se trata de una casa construida al lado del mar, donde vivió con su mujer, Matilde Urrutia, y que está llena de conchas marinas, mascarones de proa, mapas y botellas.

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Con un pendiente perdido empezaba la novela de Pamuk, y con unos pendientes quiero iniciar esta nueva colección de bisutería basada en los pendiente vintage. Conozco un pequeño rastro donde una mujer gitana vende botones de cristal con sus años de antigüedad, revueltos sobre el mostrador. La tarea de rebuscar hasta encontrar la pareja se vuelve una aventura, porque los botones son piezas escurridizas y tienden a mezclarse entre sí; los de caballero terminan al lado de unos lacados de mujer, y los dorados con los de nácar, por lo que hace falta pericia para dar con dos iguales.

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Pienso en esa mujer del rastro, que vende los botones a un precio irrisorio en el museo sentimental particular que es su puesto, y me imagino el tipo de chaquetas y camisas que éstos habrán decorado, en qué circunstancias, y para qué personas. Porque al final los objetos tienen el valor que uno les da, y viven la historia de aquel que los posee, hasta el punto de seguir contándola aunque su dueño haya desaparecido ya. Esos objetos que parecen decirnos, como Kemal lo hace en un diálogo entre él y Orhan Pamuk imaginado al final de El Museo de la Inocencia, como frase final: “—Que todo el mundo sepa que he tenido una vida muy feliz”.

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El Museo de la Inocencia: http://www.masumiyetmuzesi.org/?Language=ENG

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Oda a las cosas

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«Amo las cosas loca,
locamente.
Me gustan las tenazas,
las tijeras,
adoro
las tazas,
las argollas,
las soperas,
sin hablar, por supuesto,
del sombrero.

Amo
todas las cosas,
no sólo
las supremas,
sino
las
infinita-
mente
chicas,
el dedal,
las espuelas,
los platos,
los floreros.

Amo
todas
las cosas,
no porque sean
ardientes
o fragantes,
sino porque
no sé,
porque
este océano es el tuyo,
es el mío:
los botones,
las ruedas,
los pequeños
tesoros
olvidados,
los abanicos en
cuyos plumajes
desvaneció el amor
sus azahares,
las copas, los cuchillos,
las tijeras,
todo tiene
en el mango, en el contorno,
la huella
de unos dedos,
de una remota mano
perdida
en lo más olvidado del olvido».

P. Neruda, Oda a las cosas

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Rosa del Mundo

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Siempre me han gustado los cuadros de la Hermandad Prerrafaelita, y de entre todos sus pintores, los de John William Waterhouse (1849-1917). Aunque todos los artistas que formaban este movimiento decimonónico tenían unos temas comunes (mujeres legendarias, historias de caballería, erotismo, espiritualidad), Waterhouse siempre me pareció el perfecto ilustrador de muchos mitos y leyendas que había conocido de niña, por lo que pronto se convirtió en mi favorito.

Una de aquellas mujeres idealizadas sobre el lienzo, esta vez una figura legendaria, es Rosamund Clifford (1150-1176), “la Bella Rosamund”, cuyo nombre deriva del latín y significa “Rosa del Mundo”. Pocos datos nos han dejado las crónicas de esta belleza, lo que hizo que su fama aumentase gracias al misterio y la imaginación de las gentes. Sí se sabe que fue amante del rey Enrique II de Inglaterra, quien a su vez estaba casado con otra mujer sobre la que se han escrito ríos de tinta, Leonor de Aquitania.

Mientras que Leonor de Aquitania era una mujer de carácter, asertiva y adelantada a su tiempo, Rosamund encajaba mejor con el ideal femenino de la época, y se la describía como una persona discreta y dulce. Pese a que hoy en día quizá podamos encontrar más admirable a la reina Leonor, durante siglos se veneró la imagen popular que había surgido de Rosamund, hasta el punto de que durante la Época Isabelina se llegó a creer que la reina había quitado de en medio a la bella concubina recurriendo al veneno; una historia falsa, aunque la realidad no deja de tener su punto trágico, ya que murió a la edad de 26 años, después de haberse retirado al convento de Godstow. Aunque sus restos fueron enterrados cerca del coro de la iglesia de Godstow, convirtiéndose en un lugar de culto, el obispo de Lincoln ordenó años más tarde desenterrarlos para que los sepultasen fuera, llamándola “ramera” y lamentando que las mujeres cristianas venerasen tan mal ejemplo para ellas.

Otra leyenda afirmaba que el rey Enrique II había mandado construir un jardín laberíntico para ella, el Arco de Rosamund, derruido al construirse el Palacio de Blenheim.

Leonor de Aquitania es uno de mis personajes históricos favoritos, pero la idealizada Rosamund, pintada por la mano de Waterhouse, merecía una mención. Es por ello que no he podido evitar darle su nombre a este colgante y estos pendientes, con la imagen de la flor que le da su nombre, como no puede ser menos.

Espero que os haya fascinado la leyenda de esta rosa inglesa tanto como a mí.

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Podéis encontrarlos aquí y aquí.

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Contacto: abalorios@atucapricho.es

Colores de Malta

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Malta es un pequeño archipiélago situado en el centro del Mediterráneo, entre Sicilia y África. Pese a pertenecer a Europa, tiene detalles que se hacen, de manera irremediable, exóticos al viajero. Debe de ser por la mezcolanza de culturas y etnias que dieron lugar a este pueblo, hospitalario a pesar de haber sido víctima de razzias e invasiones durante siglos.

Hay algo de carácter fenicio en el profundo amor que sienten los malteses por los gatos, que corretean a sus anchas por las calles de La Valletta sin dueño pero sin hambre, un cariño que puede parecer excesivo. Sin embargo, existe una muy buena explicación para tal devoción: gracias a ellos, las islas se han salvado de varias epidemias que traían las ratas en los barcos.

Cuando uno se interna en La Valletta por primera vez, dejándose conducir por estos cicerones felinos, sorprenden dos cosas: la primera es la belleza decadente de la mayoría de las fachadas, de estilo barroco; la segunda, la intensa luz del Mediterráneo, que intensifica cada pincelada de color.

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El amarillo es omnipresente, y se puede encontrar no sólo en el sol, sino también en la pintura de los típicos barcos de pesca, los luzzu, decorados con el Ojo de Osiris (tradición heredada del pueblo fenicio), para alejar el mal de ojo.

El rojo, o mejor dicho, la gama de ocres y naranjas, es más visible en los edificios y las murallas más antiguas, así como en las playas de roca, donde hace cinco siglos desembarcaban los turcos con intención de unir este pequeño archipiélago al Imperio Otomano, y donde ahora toman el sol los turistas, contagiados por el ritmo lento que tienen allí las cosas y las personas. Todo tiene su propio tempo en el Mediterráneo.

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Por supuesto, además de por su contribución a la Historia (Voltaire llegó a decir que “nada se conoce tan bien como el Asedio de Malta”), y como ya he mencionado antes, el archipiélago es famoso por la calidad de sus playas y aguas, que hoy en día no atraen a piratas berberiscos, sino a viajeros. El azul de la más pura tonalidad turquesa puede encontrarse en la isla de Comino, donde las barcas parecen flotar por encima de los bancos de peces, mientras el perfil de la isla de Gozo se recorta al fondo, sembrado de rocas agrestes y torres de iglesias barrocas.

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Después de pasar ocho meses entre casas llenas de balconadas, retratos de ilustres caballeros de la Orden de Malta, templos y catacumbas dedicados a cultos ya perdidos en el amanecer de los tiempos, santos protectores dentro de sus hornacinas en cada hogar, deliciosos pastizzi y cannolli de queso ricotta y un lenguaje que parece una endiablada mezcla de árabe, italiano y francés, puedo decir que Malta ha sido mi segundo hogar, y que algo de este país se ha quedado en mí para siempre. Es por ello que, poco después de llegar, no he podido evitar hacer algunas pulseras pensando en los vivos colores que vi allí. Podéis llamarlo nostalgia.

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En breve actualizaré la tienda de Dawanda con las últimas novedades.

Hasta entonces, Narak dalwaqt!, ¡Hasta pronto!

 

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Cuando iba al colegio, me parecía que el mundo era grande, inabarcable. Miraba los mapas y me dejaba hechizar por la música que tenían los nombre de algunos países y ciudades, y me preguntaba cómo serían las gentes y los paisajes de allí.

Después, al fenómeno de crecer viene aparejado otro muy curioso que todos hemos vivido, por el cual las cosas de alrededor que antes nos parecían inmensas ahora nos resultan más pequeñas. Hay una oposición entre lo que recordábamos y lo que volvemos a experimentar, ya como adultos. Así, tal habitación tenía menos metros cuadrados de lo que pensábamos, aquella persona que tanto nos imponía se nos hace menuda, y el globo terráqueo, gracias a las comunicaciones actuales y a Internet, nos parece una cáscara de nuez.

Voy a recorrer una gran distancia de aquí a unos días, y viviré en otro país durante varios meses. Mis nuevas responsabilidades me obligan a dejar este blog en stand-by al menos hasta que vuelva. Espero que el mundo no me resulte ni tan inabarcable como cuando era pequeña, ni tan diminuto que termine por aburrirme.

Antes de poner un punto y seguido en este blog para vivir mi nueva aventura, me gustaría daros las gracias por haberlo seguido desde sus inicios y por haber adquirido algún capricho en él. Para mí ha supuesto entretenerme con un hobby con el que no dejaba de aprender (como cuando adquirí cerámica Satsuma o la figurita de Liebermann).

Como aún quedan caprichos en stock y cuando me vaya no será posible hacer envíos, os invito a que paséis por la página de Facebook por si os interesa algún artículo. En caso de que sea así, podéis mandarme un privado o escribirme a abalorios@atucapricho.es

https://www.facebook.com/media/set/?set=a.585530504836684.1073741826.240659569323781&type=1

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Contacto: abalorios@atucapricho.es

Ruska, el efímero paisaje del bosque otoñal

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[Recomiendo escuchar Last of the Wilds, de Nightwish, para mayor disfrute de este post.]

Cuando tratamos de comunicarnos con alguien cuya lengua materna y cultura son tan distintas de las nuestras, a menudo nos topamos con nuestras propias limitaciones a la hora de querer traducir un concepto cotidiano para nosotros, pero que puede resultar desconocido para esa persona. En este mundo de Babel, fragmentado en miles de idiomas diferentes, uno de los problemas más frecuentes es aquél que los angloparlantes han bautizado como lost in translation, “perdido en la traducción”.

Hay frases o palabras que no tienen equivalente en otra lengua. Por ejemplo, los sami de Escandinavia tienen al menos 180 palabras para denominar diferentes estados de nieve y hielo. Para los pueblos del sur de Europa, en los que la nieve es un fenómeno limitado a dos o tres ráfagas siberianas que hacen su aparición en febrero (y eso con suerte si se vive en la costa), los copos son algo tan pragmático como agua en estado sólido. Pero para un pueblo acostumbrado a ver la variabilidad en los paisajes nevados, y cuya forma de vida está ligada a la naturaleza y la meteorología, la nieve es todo un mundo que requiere un amplio vocabulario para expresar su complejidad.

En relación a Finlandia (por cierto, uno de los países en los que habitan los sami), existe una palabra finesa para denominar el efímero paisaje otoñal que se produce en septiembre, el de los bosques de hojas amarillas, azules y coloradas antes de caer: la ruska.

La ruska es propia de los bosques lapones y dura un mes escaso, pero en su brevedad ofrece una impactante paleta de colores al espectador. En el país de las auroras boreales es tan popular que se organizan excursiones para admirar este fenómeno antes de la llegada del invierno. En cierto modo, me recuerda a la celebración del florecimiento de los cerezos (sakura) en Japón, durante la primavera.

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Con la llegada de septiembre, y ante mi incapacidad para encontrar una palabra en español que equivalga a todo lo que quiere expresar ruska, os presento esta pequeña colección de colgante y pendientes en tonos de rojo, color sin duda muy adecuado para este breve pero intenso otoño.

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Podéis disfrutar de estos caprichos otoñales en Flickr DaWanda.

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